Colegio de Etnólogos y Antropólogos Sociales A.C.

Arendt, los otros muros y la escoria de la tierra

In Uncategorized on febrero 17, 2017 at 11:32 AM

Arendt, los otros muros y la escoria de la tierra

Rodrigo Llanes Salazar*

 

Una vez que abandonaron su país, quedaron sin abrigo; una vez que abandonaron su estado, se tornaron apátridas; una vez que se vieron privados de sus derechos humanos, carecieron de derechos y se convirtieron en la escoria de la tierra.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo

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¿Leer puede ser un acto de resistencia? Sí, arguyen diversas organizaciones de antropología que han convocado a una serie de “read in, lecturas —individuales, colectivas, en salones de clases, en los espacios públicos, en internet— de textos que pueden ayudarnos a entender —y, posiblemente, a transformar— nuestro presente.

El primer read in, realizado el 20 de enero, cuando Donald Trump tomó protesta como el presidente novato más impopular en la historia moderna de los Estados Unidos y advirtió que Washington “determinará el curso del mundo”, estuvo dedicado a un capítulo del curso-libro Defender la sociedad de Michel Foucault, en donde se analiza la biopolítica del racismo de Estado.

¿Pero de qué hablamos cuando empleamos la palabra “resistencia”? JC Sayler y Paige West, los antropólogos que convocaron originalmente al read in, nos dicen que la lectura del pasado 20 de enero fue una “muestra global de solidaridad académica y de construcción de comunidad antropológica transnacional”, de “un sentido de compromiso académico colectivo”, de un “sentimiento de comunidad antropológica”.

Solidaridad, construcción de comunidad, compromiso colectivo. No son logros menores. Los propios zapatistas han declarado en un reciente comunicado que “esta nueva etapa de la guerra del Capital en contra de la humanidad debe enfrentarse sí, con resistencia y rebeldía organizadas, pero también con la solidaridad y el apoyo a quienes ven atacadas sus vidas, libertades y bienes”, por lo que han convocado a una campaña mundial de resistencia, rebeldía y solidaridad y de creación de “comités de solidaridad con la humanidad criminalizada y perseguida”.

Por estas razones, Sayler y West, junto con el blog Savage Minds y las connotadas revistas American Anthropologist, American Ethnologist, Cultural Anthropology, Environment and Society y Political and Legal Anthropology, han propuesto realizar un read in mensual —cada tercer viernes del mes— y global. El de este mes está dedicado a la lectura de “La decadencia del Estado-nación y el final de los derechos del hombre”, el capítulo nueve del monumental libro Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt, publicado por primera vez en inglés en 1951, año en el que la apátrida Arendt consiguió la ciudadanía norteamericana (el régimen nacionalsocialista se la había retirado en 1937). Y, para la ocasión, diversos colegas estamos publicando el día de hoy, en distintos medios —La Jornada, La Jornada Maya, Sin Embargo, Diario de Yucatán—, reflexiones sobre nuestra lectura del libro.

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¿Cómo nos ayuda la lectura de “La decadencia del Estado-nación…” a entender los “tiempos oscuros” que vivimos hoy? El capítulo comienza con la “explosión” que representó el estallido de la Primera Guerra Mundial, una explosión que “hizo estallar” la comunidad de naciones europeas y a la que le sucedieron guerras civiles aún más cruentas y sangrientas así como migraciones masivas.

Teniendo esto en mente, la primera comparación que se antoja con el presente es el de la “explosión” o “estallido” del orden mundial contemporáneo. Ya se ha convertido en un lugar común señalar que el Brexit y el triunfo de Trump perfilan el “surgimiento de un nuevo orden mundial”, como escribió Noam Chomsky a fines del año pasado, o bien, un “nuevo desorden mundial”, tal cual lo ha caracterizado el economista británico Philippe Legrain.

Pero también es cierto que otros eventos recientes han inspirado por igual la idea de que vivimos un nuevo (des)orden mundial. Un botón de muestra es el número de la revista Letras Libres de enero de 2015 dedicado, justamente a “El nuevo desorden mundial”, en el que se anuncia que “Rusia busca recuperar su papel hegemónico [a propósito de la anexión de Crimea en 2014]. El Estado Islámico prosigue su política de terror. China se apresta a traducir su poder económico en influencia geopolítica. Estados Unidos pierde fuerza. El mundo, frente a nuestros ojos, se transforma”. Antes que el Brexit y Trump; Crimea, ISIS y China.

Si bien creo que el mundo se está transformando frente a nuestros ojos, considero que una de las mayores provocaciones del texto de Arendt para pensar —actividad central para nuestra autora— el presente no es lo que en nuestro momento hay de novedad o de disrupción, sino, como ella advierte constantemente en Los orígenes del totalitarismo: en las “corrientes subterráneas”, en los “ocultos entramados”, en lo que ha estado sucediendo “debajo” de nosotros y sobre lo que no hemos prestado suficiente atención. Dicho con otras palabras: el acontecimiento Trump ha conducido nuestras angustias hacia el porvenir, a lo que puede o no puede hacer el presidente de los Estados Unidos, pero no a lo que ha estado sucediendo. Y esto ha tenido graves consecuencias.

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Un primer ejemplo es el muro fronterizo de Trump. Mientras que buena parte de la discusión ha girado en torno a quién pagará la construcción del muro —si México lo hará o no—; en cuántos millones de dólares costará —y si Trump entrará como negociator (Slim dixit)—; en si los recursos provendrán de impuestos a remesas, a importaciones del extranjero, a ambas fuentes o a alguna otra; poco se ha reparado sobre el muro que ya existe y sus consecuencias.

Al respecto, otra lectura que resulta provocadora el día de hoy, junto con la de Arendt, es el libro Walled States, Waning Sovereignty [Estados amurallados, soberanía menguante] de la politóloga norteamericana Wendy Brown, publicado en 2010.

Brown inicia su libro pasando revista a los “nuevos muros” que se han construido en el mundo. Los dos más grandes, costosos e impactantes son los de Estados Unidos en su frontera sur y el de Israel con Cisjordania. Pero no son los únicos. Brown nos recuerda el de Arabia Saudita en sus fronteras con Yemen y con Irak, el de India con Pakistán, Bangladesh y Birmania (Myanmar), el de Uzbekistán con Kirguistán y Afganistán, la valla española en Melilla, Marruecos, entre otros.

Lo revelador de estos nuevos muros, nos dice Brown, es que no son para defenderse de potenciales ataques de otros Estados nación soberanos, sino que tienen en la mira a actores transnacionales no estatales: a individuos, grupos, movimientos, organizaciones e industrias relacionadas —o presuntamente relacionadas— con la migración, el crimen y el terror.

Pero la mayor resonancia con el texto de Arendt se encuentra en la tesis de que los nuevos muros son, de acuerdo con Brown, una iconografía del debilitamiento de la soberanía de los Estados-nación, del “declive del Estado-nación”, como escribió Arendt hace más de medio siglo. Los nuevos muros no representan un fortalecimiento de la soberanía de los estados nación, por el contrario, “son los íconos de su erosión” (p. 24); funcionan teatralmente: proyectan un poder y una eficacia que a menudo no ejercen en realidad.

“El presidente Trump tiene razón. Yo construí un muro en la frontera sur de Israel. Éste detuvo la inmigración ilegal. Gran éxito. Gran idea”, escribió en Twitter el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu el pasado 28 de enero. Nada más lejos de la verdad. Pero, sobre todo, siguiendo con Brown en Walled States, los muros de Israel y de Estados Unidos tienen lógicas distintas. Mientras que el primero es “un instrumento arquitectónico de separación, ocupación y expansión territorial” (p. 29) en un contexto de colonialismo y ocupación, el segundo, el de la frontera entre Estados Unidos y México, responde principalmente a las “ansiedades populares estadunidenses sobre los efectos de un Sur global empobrecido sobre la economía y cultura norteamericana” (p. 28). El muro de la frontera de Estados Unidos divide material y simbólicamente al Norte global del Sur global, busca detener los flujos de inmigrantes y drogas ilegales hacia el Norte. No sólo está compuesto de barreras de concreto y acero, sino también de barreras virtuales constituidas por sensores, cámaras de vigilancia, entre otras tecnologías de detección. Las estimaciones del costo del muro rondan entre los 60 billones de dólares en un lapso de 25 años.

También resulta ilustrador que, en un interesante artículo de revisión sobre el tema de las fronteras y la gubernamentalidad de la inmigración en “tiempos oscuros” —de nuevo en alusión a Arendt— publicado en 2011, el antropólogo francés Didier Fassin advirtiera que en las últimas décadas la circulación transnacional de personas se ha vuelto más restrictiva para la mayoría de la población del planeta. Las sociedades contemporáneas, escribe Fassin, son cada vez más bastiones con fronteras y control, muros y barreras. Además de los muros materiales, también proliferan redes de estructuras de detención, como las zonas de espera en aeropuertos y los centros de detención, en donde suelen prevalecer los regímenes policiacos por encima de los derechos humanos —lo que constituye un espeluznante asomo de totalitarismo, siguiendo con Arendt (y, en este sentido, el escritor Francisco Martín Moreno ha comparado la reciente deportación de los indocumentados mexicanos en Estados Unidos con el inicio de “los arrestos y persecusiones en la Alemania nazi”).

Acaso nada de lo anterior debiera sorprendernos. Ya hace casi veinte años, cuando aún imperaba un tono celebratorio de la globalización, de la apertura comercial, del flujo mundial de mercancías y de la hibridación cultural, el recientemente fallecido Zygmunt Bauman escribió que “los procesos globalizadores incluyen una segregación, separación y marginación social progresiva. Las tendencias neotribales y fundamentalistas, que reflejan y articulan las vivencias de los beneficiarios de la globalización, son hijos tan legítimos de ésta como la tan festejada ‘hibridación’ de la cultura superior, es decir, la cultura de la cima globalizada” (La globalización. Consecuencias humanas, p. 9).

Incluso en el medio antropológico, Arjun Appadurai respondió a las críticas que señalaban que su ya célebre obra La modernidad desbordada (publicada en 1996), que analizaba los “paisajes” asociados con las migraciones y los medios de comunicación como prácticas sociales de imaginación, no prestaba suficiente atención a las facetas más oscuras de la globalización y publicó en 2006 el libro Fear of Small Numbers, en donde analiza las nuevas formas de odio, etnocidio e “ideocidio” producidas por la globalización (a propósito de los pensadores recientemente fallecidos, Tzvetan Todorov publicó dos años después un libro que en su título y temática comparte un aire de familia con el de Appadurai: El miedo a los bárbaros, más allá del choque de civilizaciones. Algo nos dicen estos nombres).

Si menciono a Appadurai es justo porque rescata otra idea de Arendt en “El declive del Estado-nación”: que “bajo la idea misma del Estado-nación moderno subyace otra idea fundamental y peligrosa, la idea de una ‘etnia nacional’” (p. 16). La crítica poscolonial ha señalado ya desde hace muchas décadas los peligros de la concepción e ilusión del Estado-nación moderno como una entidad étnicamente homogénea, pero hoy vivimos nuevos peligros a partir de dicha idea: en un mundo donde impera la incertidumbre, donde surgen nuevos miedos y temores, la idea de Estado-nación, así como la violencia misma, se constituyen en fuentes de (falsa) certeza.

Muros, restricción a la movilidad de personas, miedo a las minorías y a los “bárbaros”. Todo esto ha pasado por delante de nuestras narices, y tampoco hemos reparado lo suficiente en el “otro muro” de México, el del sur.

“La intensa vigilancia policial, La Bestia, los cárteles, las redes de trata y las deportaciones son los ladrillos de un ‘muro’ virtual, que se levanta a 3.000 kilómetros al sur del que quiere construir Donald Trump”, escribe Jacobo García en un artículo publicado en El País.

También resulta sumamente alarmante que mientras el año pasado Estados Unidos deportó 96, 016 migrantes, México hizo lo propio con 147, 370. Mientras que miles de personas de Guatemala, Honduras y El Salvador piden asilo a México, nuestro país ha respondido reforzando el presupuesto para la detención de migrantes y refugiados. Todo esto debe preocuparnos, y mucho, sobre todo si tomamos en seria consideración la advertencia de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) de que la violencia persistente en Centroamérica y las políticas migratorias del nuevo mandatario de Estados Unidos convertirán a México en país de destino, ya no sólo de tránsito.

De acuerdo con datos de Acnur, en 2016 se registraron en México 8, 781 peticiones de refugio: 4, 119 de hondureños, 3, 488 de salvadoreños, 437 de guatemaltecos y 361 de venezolanos. La estimación de Acnur es que en 2017 la cifra de solicitudes llegará a 20 mil. Estos números contrastan con los de la burocracia responsable del tema en nuestro país. Según La Jornada, la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados de la Secretaría de Gobernación tiene “apenas una plantilla de medio centenar de empleados” con un presupuesto de 25 millones de pesos en 2017.

¿Cómo enfrentará la burocracia mexicana el desafío de 20 mil refugiados provenientes de Centro y Sudamérica? Fue precisamente Arendt quien nos enseñó en su polémico libro Eichmann en Jerusalén (publicado en 1963) que la “banalidad del mal” se expresa en casos como el de burócratas que simplemente están “haciendo su trabajo”, que “cumplen con su deber” y “obedecen órdenes”, tal como lo hizo Adolf Eichmann en su papel de transportar a los deportados a los campos de concentración en Polonia. Como es bien conocido, Arendt concluye, de manera sumamente controvertida, que Eichmann no era ningún monstruo o psicópata, sino que la banalidad del mal consistió en la incapacidad del funcionario nazi de pensar por sí mismo.

Y aquí se abre un enorme reto intelectual y político. Frente a la crisis de deportados y refugiados que estamos y estaremos viviendo: ¿nuestra burocracia, nuestra sociedad toda, sucumbirá a la banalidad del mal? Acaso una tarea pendiente sea el análisis de la dimensión emocional de la burocracia, como lo ha hecho el antropólogo Mark Graham en su sugerente artículo sobre las “burocracias emocionales” en Suecia. Pero, sobre todo, debemos dedicarnos a la actividad de pensar; pensar para poder elegir y llegar a la condición de no “cumplir con lo esperado” si esto supone el sufrimiento de otros seres humanos, especialmente de la “escoria de la tierra”. “Humanamente hablando —escribió Arendt en Eichmann—, no se requiere más”.

***

Explorar las “corrientes subterráneas”, desentrañar los “ocultos entramados” que han edificado nuevos muros, que han limitado la movilidad de las personas y que están provocando que la crisis de los refugiados, las minorías y los “apátridas” continúe siendo uno de los mayores problemas de nuestros días, no quiere decir que no nos preocupemos por nuevos riesgos. Pero quiero terminar con algo de luz en “tiempos de oscuridad”. Cito a Arendt y “El declive del Estado nación”:

“La igualdad, en contraste con todo lo que está implicado en la simple existencia, no nos es otorgada, sino que es el resultado de la organización humana, en tanto que resulta guiada por el principio de la justicia. No nacemos iguales; llegamos a ser iguales como miembros de un grupo por la fuerza de nuestra decisión de concedernos mutuamente derechos iguales.

Nuestra vida política descansa en la presunción de que podemos producir la igualdad a través de la organización” (p. 426)

Puede que, como advirtió Arendt a mediados de siglo XX, “por el momento no exist[a] una esfera que se halle por encima de las naciones” para defender los derechos humanos, y que nos sintamos impotentes ante el hecho de que la Organización de las Naciones Unidas se limite a declaraciones como la recomendación del Secretario Ejecutivo de que las medidas ejecutivas antimigrantes de Estados Unidos “deb[a]n ser retiradas lo antes posible”.

Pero, en lucha por la igualdad, guiada por el principio de la justicia, retomo las palabras de Moisés Naím sobre el “síndrome Guantánamo” de los presidentes en Estados Unidos: “Los obstáculos políticos, las restricciones fiscales, los límites impuestos por la economía y la política mundial, la inexperiencia y el estilo personal del presidente y, sobre todo, los tribunales serán la fuente de muchas frustraciones para la Administración que se acaba de estrenar en Washington”.

En esta lucha no podemos desestimar las acciones del juez federal de Seattle, James Robart, que bloqueó la medida ejecutiva antimigrante de Trump; o las de los tres jueces del Tribunal Federal de Apelaciones que rechazaron reactivar la medida ejecutiva de Trump; o la marcha de las mujeres, una de las movilizaciones más grandes en la historia de Estados Unidos, que demandan justicia de género, justicia racial y justicia económica; o a los zapatistas y su campaña de resistencia, rebeldía y solidaridad; así como a los cientos de miles de personas que no estamos dispuestos a que las corrientes subterráneas y los ocultos entramados, se conviertan en los orígenes de nuevos totalitarismos.

* Investigador del Centro Peninsular en Humanidades y en Ciencias Sociales de la UNAM. Presidente del Colegio de Antropólogos de Yucatán, A. C.

rodrigo.llanes.s@gmail.com

@RodLlanes

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