Colegio de Etnólogos y Antropólogos Sociales A.C.

¿México pobre o clasemediero? Sobre la discusión entre Roger Bartra y Gerardo Esquivel

In Uncategorized on agosto 7, 2015 at 9:52 AM

¿México pobre o clasemediero? Sobre la discusión entre Roger Bartra y Gerardo Esquivel

 

Rodrigo Llanes Salazar

Presidente del Colegio de Antropólogos de Yucatán, A.C.

rodrigo.llanes.s@gmail.com

 

En las últimas semanas se han publicado tres informes que han revivido la discusión sobre los problemas de la pobreza y la desigualdad en México. Estos son: 1) la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2014, que nos reporta que el ingreso corriente promedio de los hogares mexicanos se redujo 3.2%; 2) el estudio Desigualdad extrema en México. Concentración del poder económico y político, de Oxfam México, elaborado por el economista Gerardo Esquivel; y 3) la medición de la pobreza en 2014 a nivel nacional y por entidades federativas de Coneval, que nos indica que el porcentaje de población nacional en condiciones de pobreza aumentó de 45.5% en 2012 a 46.2% en 2014. Reparo inmediatamente en que “discusión” suele ser más un eufemismo para hacer referencia a publicaciones de comentarios y análisis en medios de comunicación y académicos, así como de acusaciones políticas que, en realidad, de discusión —de intercambio y crítica de argumentos— no tienen mucho. Sin embargo, en esta ocasión, la publicación de los informes citados, especialmente del segundo, el estudio de Esquivel, sí ha provocado una discusión entre el reconocido antropólogo y sociólogo Roger Bartra —conocido no sólo por sus obras sino también por su ímpetu polémico— y el propio Esquivel, en torno a si México es un país predominantemente pobre o clasemediero.

Independientemente de los términos de la discusión entre Bartra y Esquivel, me parece muy positivo que un antropólogo participe en la discusión pública en torno a temas fundamentales como la pobreza y la desigualdad. A lo largo del siglo XX la antropología como profesión jugó un papel muy importante en los asuntos públicos en México (especialmente en el llamado “problema indígena”). Sin embargo, hace veinticinco años, Guillermo Bonfil llamó la atención sobre los “problemas conyugales” entre la antropología social y el estado[1] y algo similar se podría sostener en torno a la relación entre la antropología y la esfera pública en México. Me parece prioritario impulsar lo que algunos han llamado una “antropología pública”; una antropología que se involucre en la discusión de lo que Andrés Molina Enríquez llamó los “grandes problemas nacionales”.[2] A la sazón de estas ideas preliminares, atendamos a la polémica entre Bartra y Esquivel.

 

*

El ya citado estudio de Gerardo Esquivel, economista de El Colegio de México, fue publicado a finales de junio de este año e inmediatamente fue objeto de comentarios y análisis por parte de diversos intelectuales y periodistas como Rolando Cordera, Héctor Aguilar Camín, Denisse Dresser, Denisse Maerker, José Woldenberg, Lorenzo Meyer, Juan Villoro, John Ackerman, entre otros. No toda la reacción fue positiva.

El pasado 14 de julio Roger Bartra publicó en el periódico Reforma un artículo titulado “Igualdad y diferencia”, en el que señala que la miseria es una de las “heridas que lastiman a la sociedad” mexicana y que “es, o debiera ser, el tema fundamental de todo programa de izquierda”. Después de este señalamiento inicial, Bartra declara su perplejidad ante “el ruido que ha provocado en México un informe de Oxfam sobre la desigualdad”, ya que “divulga información que muchos conocemos: la desigualdad es inmensa y escandalosa”; y añade que “en realidad expresa una peculiar visión de México, que lo define como un país de pobres”. En efecto, como señalé arriba, el estudio de Esquivel ha provocado ruido —si por “ruido” entendemos el caudal de comentarios en los medios— y desde hace tiempo sabemos, gracias a estudios como los de la OCDE,[3] que México es un país sumamente desigual —si bien las estimaciones más precisas de Esquivel en torno a la riqueza del decil más alto constituyen un valioso aporte en la materia.

A pesar de que Bartra cuestiona la idea de Esquivel de que México es un país no sólo extremadamente desigual, sino también predominantemente pobre, argumento que Bartra ha iniciado una discusión en donde están en juego por lo menos tres asuntos, uno explícito y dos implícitos.

 

  1. El primero, el explícito, es la polémica en torno a las cifras relativas a las clases pobres o bajas y las clases medias en México.

 

  1. El segundo, implícito, es sobre lo que podríamos caracterizar como la condición mexicana contemporánea. Bartra es un reconocido “mexicanólogo”,[4] etiqueta que él mismo se ha adjudicado a propósito de la controvertida apreciación del papa Francisco sobre la “mexicanización” de Argentina y del estremecedor discurso de Fernando del Paso cuando recibió el premio José Emilio Pacheco en Mérida, en donde aludió a la mexicanización de México.[5] Acaso sea más exacto decir que Bartra es un deconstructor de lo que los mexicanólogos —José Vasconcelos, Samuel Ramos, Octavio Paz, el propio Bonfil— han definido como “México”.[6] Así, el artículo de Bartra exhibe un malestar con el hecho de que Esquivel expresa “una peculiar visión de México, que lo define como un país de pobres”: el México de Los olvidados de Luis Buñuel, el de Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis. Para Bartra esta visión es errada, pues “México es ya una sociedad de clase media”.

 

  1. El tercero asunto de la discusión, también implícito, consiste en una crítica a la izquierda mexicana o, más bien, a ciertas tendencias en la izquierda mexicana, terreno que Bartra ha venido cultivando desde hace más de tres décadas.[7] En su artículo inicial, Bartra refiere a una izquierda populista y demagógica que recurre a la idea de “pueblo”, un pueblo pobre, y a la que la idea de la expansión de la clase media irrita mucho. Qué difícil sería para la izquierda populista y demagógica constatar que en el México neoliberal las clases medias se han expandido. Para Bartra esta idea es peligrosa pues no permite comprender el México contemporáneo, mayormente clasemediero; e impide entender a la clase media en la que se “reproducen en formas variadas las diferencias, las identidades y las discriminaciones que siguen marcando a la sociedad”.

 

Gerardo Esquivel contestó a la crítica con el artículo “La verdad sobre la clase media en México: respuesta a Roger Bartra”, publicado en el portal Horizontal, el 20 de julio. A Esquivel le resulta “desconcertante” el artículo de Bartra ya que éste “hace suyas cifras sobre el tamaño de la clase media mexicana que simplemente no corresponden con la realidad”. Así, Esquivel continúa la discusión en el primer punto arriba señalado, en el ámbito de las cifras —el que directamente le compete, pues es el que detonó la discusión—, de modo que responde acudiendo a informes sobre las clases medias en México. Cita tres: un estudio del Inegi que nos dice que en 2010 el 42% de los hogares y el 39% de la población es clase media y que el 55% de los hogares y el 59% de las personas son de clase baja; otro de la Profeco, que nos indica que el 34% de la población es clase media mientras que el 60% es clase baja; y un artículo publicado en Trimestre Económico, en el que se sostiene que el 34% de los hogares mexicanos se ubican en la clase media. Las cifras parecen darle la razón a Esquivel: México no es una sociedad mayoritariamente clasemediera, sino de clase baja, pobre.

Bartra responde a Esquivel con otro artículo publicado en Reforma, el 28 de julio, con el contundente título de “Un país de clases medias”. Al inicio Bartra sentencia de nuevo que “México es ya un país de clase media” y, a través de una indefinida referencia, asocia a Esquivel con la “izquierda populista” a la que tanto ha criticado. En este artículo Bartra echa mano de una definición de clase media como los que no son pobres ni ricos; acude a la ya citada medición de Coneval, que indica que en 2014 el 46.2% de la población es pobre; calcula que el 3% de la población es de clase alta; y, con una simple aritmética, concluye que un 53.8% de la población no es pobre ni rica, por lo que resulta clase media. Aún más, argumenta que “Si no se reconoce el fenómeno de la gran expansión de los modos de vida clasemedieros (que rebasan sus fronteras estadísticas) no se podrá comprender la realidad en la que vivimos. México es ya un país en el que las esperanzas y los temores de la clase media dominan el escenario de la cultura política”.

Esquivel contestó de nuevo a Bartra con el artículo “Pobreza y clase media”, publicado en El Universal el 31 de julio. En él vuelve a la cuestión de las cifras y argumenta que la medición de Coneval —el principal sustento estadístico de Bartra— subestima el tamaño del problema de la pobreza. Esquivel escribe que “si consideramos como pobres a todos aquellos con ingresos por debajo de la Línea de Bienestar, la tasa de pobreza en México entre 2012 y 2014 habría aumentado de 51.6 a 53.2%, y no sólo de 45.5 a 46.2%, como lo sugieren las cifras oficiales”. Del mismo modo, arguye que “dentro de los no pobres del Coneval, tenemos a 8.5 millones de personas (7.1% del total) que cuentan con ingresos por debajo de la Línea de Bienestar. Si estos individuos no pueden ni siquiera adquirir una canasta de alimentos, bienes y servicios básicos, muy difícilmente podrían ser considerados como parte de la clase media”. Esquivel también cuestiona la definición de Coneval de la pobreza extrema y caracteriza a México no sólo como una sociedad pobre, sino como “una auténtica fábrica de pobres” que produce a toda marcha “83 mil pobres por mes, más de 2 mil 700 por día, 114 por hora o casi 2 pobres adicionales por minuto”.

Hacia el final de su artículo, Esquivel da indicios de dar por concluida la discusión; por lo menos la califica de trivial y banal, ya que retoma lo que publicó en un artículo en Nexos en 2011: “seguir discutiendo si somos un país de pobres o un país clasemediero es una trivialidad. Preocupémonos por resolver —o al menos reducir— el problema de la pobreza en el país y dejemos de concentrarnos en nuestro estatus; asumamos nuestra realidad y actuemos con madurez, no perdamos el tiempo en discutir banalidades, esas sí, de evidente corte aspiracional clasemediero”. Uno puede asumir que, con la revisión de las cifras que hace, Esquivel da por resuelto el primer punto de la discusión y que considera trivial o banal el segundo. Sobre el tercero parece no darse por aludido (en lo personal no identifico a Esquivel con la izquierda “populista” y “demagógica”).

Bartra vuelve una vez más a la crítica en su artículo “La expansión de las clases medias: respuesta a Gerardo Esquivel”, publicado en Horizontal el pasado 3 de agosto. Bartra comienza declarando que “la definición de la clase media es un problema fundamentalmente político y sociocultural que no debemos eludir”. En seguida añade que “a Gerardo Esquivel, profesor del Colmex, le parece que discutir si México es un país de clase media es una banalidad. Se mantiene encerrado con sus cifras y no alcanza a percibir la importancia política de la reflexión sobre el peso de las clases medias. Parece creer que hablar de clase media significa no enfrentar el problema de la pobreza…”. Con esta declaración, Bartra deja de discutir con Esquivel sobre cifras —y nos invita a no “encerrarnos” en ellas— y revive los otros dos aspectos de la discusión, la condición mexicana y la crítica a la izquierda, pues el segundo punto conduce inevitablemente —al menos para Bartra— al tercero. El mismo Bartra argumenta: “Yo creo, en cambio, que para entender los procesos políticos y socioculturales del México de hoy es necesario apreciar la importancia de la clase media”. Uno de esos procesos políticos es la derrota de Andrés Manuel López Obrador en 2006, a quien, nos dice Bartra, su agresividad hacia la clase media le costó la presidencia de la república. El vínculo indisociable de los puntos dos y tres de la discusión se evidencian en el siguiente párrafo de Bartra: “El origen de estos errores [como el de López Obrador en 2006] proviene de las ideas populistas que han dominado en la izquierda, y que en nombre de una muy justa causa (la defensa de los más pobres, la lucha por la igualdad) ha cerrado los ojos ante la realidad social: México es ya un país en el que las esperanzas y los temores de la clase media dominan el escenario de la cultura política”. En el resto del artículo Bartra reproduce tal cual párrafos de sus artículos anteriores y no volveré sobre ellos.

 

*

Hasta aquí ha llegado, al menos por ahora, la discusión entre Bartra y Esquivel. De manera provisional, podemos sostener lo siguiente. En el primer punto de la discusión, relativo a las cifras sobre la clase baja y media en México, los números le dan la razón a Esquivel, o al menos su argumentación resulta más convincente en ese sentido que la de Bartra.

No obstante, en los otros dos puntos de la discusión —sobre la condición mexicana y la crítica a la izquierda—, Bartra llama la atención sobre dos aspectos que deben tomarse seriamente en consideración: 1) la clase media se encuentra en un proceso de expansión en México (sin que esto signifique que México sea ya un país donde predomine ese sector); así, de acuerdo con ese proceso, hay que cuestionar severamente qué significa “México” y no caricaturizarlo como el país de pobres, machos y violentos, de mexicanos “mexicanizados”, pues, por más que los haya muchos, no se reduce a ello. La discusión se puede extender a otros ámbitos más allá de la pobreza, como la violencia y la idea de “estado fallido”: ¿cómo se relacionan los procesos y las regiones violentas de México con aquellas más pacíficas?, ¿cómo se conjugan los aspectos fallidos del estado con aquellos que responden más a un “estado de derecho”? 2) El segundo aspecto es su cuestionamiento a la izquierda populista y demagógica. Bartra tiene toda la razón cuando señala que la izquierda debe combatir la pobreza y podemos añadir, parafraseando La miseria de la filosofía de Marx, que también hay que luchar contra la pobreza de la izquierda. Es necesaria —a mi juicio urgente—, una crítica a la izquierda: que ésta no sucumba en argumentos maniqueos basados en entidades reificadas como “el pueblo” contra “el Estado” —fetichizado, escrito con e mayúscula—. No se trata de sostener, como se suele hacer, que ambos, “pueblo” y “Estado”, son “construcciones sociales” —¿qué no es, o puede ser, una construcción social?— sino reconocer y analizar sus composiciones heterogéneas, los campos de fuerzas que los constituyen, las tensiones y negociaciones que se presentan entre los actores. Toda política que pretenda combatir la pobreza debe tomar en cuenta esas consideraciones.

Termino con dos comentarios para invitar a la continuación de la discusión. El primero se refiere a la aseveración de Bartra de que “México es ya un país en el que las esperanzas y los temores de la clase media dominan el escenario de la cultura política”. El propio estudio de Esquivel sobre la desigualdad extrema en México nos ofrece algunos elementos sugerentes al respecto. Recordemos que el subtítulo del estudio es Concentración del poder económico y político, el cual es ejemplificado en los cuatro hombres más ricos de México —Carlos Slim, Germán Larrea, Alberto Bailleres y Ricardo Salinas Pliego— y sus respectivos sectores económicos: telecomunicaciones e industria minera. ¿De quiénes son las esperanzas y temores que dominan en México realmente?, ¿de la clase media en expansión o de los pocos que concentran el poder económico y político en México?

El segundo es sobre un problema soslayado en la discusión entre Bartra y Esquivel, pero también en el bestseller de Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI[8] (libro al cual ambos han hecho referencia). Se trata del fenómeno de la explotación, es decir, no sólo de cómo se distribuye la riqueza, sino de cómo se produce. No cabe duda que está de moda hablar de desigualdad. Lo hacen por igual, aunque desde distintas posiciones, el papa Francisco, Barack Obama o economistas como Joseph Stiglitz[9] y Piketty. Sin embargo, no parece ser muy popular hablar de “explotación”. Acaso suene a vieja ortodoxia marxista, a pesar del resurgimiento que está teniendo la obra de Marx después de la crisis financiera mundial (gracias a David Harvey[10] abundan las referencias hacia la “acumulación por desposesión”, pero no necesariamente a la “explotación”). ¿Cómo se articulan viejas formas de explotación, cuasi tributarias y esclavistas —¿muy “mexicanas”?—, como las del crimen organizado y las de las agroindustrias —por ejemplo, la denunciada por los jornaleros de San Quintín— con formas más novedosas, vinculadas con la precariedad laboral en las metrópolis o el sector financiero? Éste es otro tema sobre el que bien valdría la pena la participación de la antropología en la discusión pública.

[1] Guillermo Bonfil Batalla, 1995 [1990], “¿Problemas conyugales?: una hipótesis sobre las relaciones del Estado y la antropología social en México”. En Linda Odena Güemes, ed., Obras escogidas de Guillermo Bonfil, tomo 2, pp. 619-635. México: Instituto Nacional Indigenista.

[2] Andrés Molina Enríquez, 1978 [1909], Los grandes problemas nacionales. México: Era.

[3] En 2014 un estudio de la OCDE ubicó a México como el país con la brecha social más amplia entre los países que integran el organismo (“OCDE: desigualdad aumenta en México”, El Universal, viernes 20 de junio de 2014) y, este año, el mismo organismo nos informó que México es el segundo país más desigual entre aquellos que participan en la OCDE (“México, el segundo país más desigual en la OCDE”, CNN Expansión, jueves 21 de mayo de 2015).

[4] Ver, por ejemplo, su ya clásico libro La jaula de la melancolía, publicado por primera vez en 1987.

[5] Roger Bartra, 2015, “México se mexicaniza”, en Reforma, 24 de marzo de 2015.

[6] Cabe observar que otro antropólogo con presencia en los medios de comunicación, Claudio Lomnitz, también ha criticado el trasnochado nacionalismo que no nos permite entender las transformaciones del México contemporáneo. Ver, por ejemplo, su artículo “Por un imperialismo cultural mexicano”, publicado en La Jornada el 16 de abril de 2014. Sobre el carácter “mexicano” o “propio” de la “antropología mexicana”, remito a mi artículo ““Lo propio y lo impropio: devenires de la antropología social mexicana contemporánea”, en Nueva Antropología, vol. 27, núm. 81, pp. 95-122, julio-diciembre de 2014.

[7] Recuérdese, por ejemplo, su agudo artículo “Nuestro 1984”, publicado en el número de marzo de 1984 de Nexos, a partir del cual desató una calurosa polémica con Pablo González Casanova. Sobre esta discusión véase la vívida reconstrucción hecha por Jaime Torres Guillén, 2014, Dialéctica de la imaginación. Pablo González Casanova. Una biografía intelectual. México: La Jornada, pp. 241-254.

[8] Thomas Piketty, 2014 [2013], El capital en el siglo XXI. México: Fondo de Cultura Económica.

[9] Ver Joseph E. Stiglitz, 2012, El precio de la desigualdad. México: Taurus. Sobre el reciente auge de la discusión sobre el tema en los Estados Unidos, ver el artículo de Angelique Haugerud, 2014, “Activism: Provocation”, publicado en la edición en línea de Cultural Anthropology. Para el caso de América Latina remito a Luis Reygadas, 2008, La apropiación. Destejiendo las redes de la desigualdad. Barcelona/México: Anthropos/Universidad Autónoma Metropolitana.

[10] David Harvey, 2007 [2005], Breve historia del neoliberalismo. Madrid: Akal.

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  1. INTERESANTE.SALUDOS

  2. TEMA EN DEBATE. Saludos. Claudio César

    El 7 de agosto de 2015, 12:52, “Colegio de Etnólogos y Antropólogos

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